"Aléjese, señora,
porque de sus malas mañas
no quiero yo ni saber.
Desvíe su caminata
a pasar por otras calles
y dejar de molestar."
Mientras lo dijo don Marcos,
no pudo dejar de espiarla.
"Ni que lo estuviera importunando,
don Marcos, no sea Ud. tan pesado. Mire que
está Ud. pálido. La brisa fresca del mar
le hace falta, y el buen beso
de los rayos del sol."
"¡Tengo la salud de un oso!
¡Qué de rayos ni qué nada!
Más bien Ud., doña Tránsito,
luce bastante quemada.
¿No será que tanto sol
le quita todas las ganas
de pensar con su sano juicio?
Su mente ya no está clara."
"¡Uf! Cuide lo que dice, don Marcos, no vaya
a ser que Ud. sea el más indicado para
señalar con dedo ajeno." Doña Tránsito le guiñó el ojo y prosiguió, "Le haré saber que por lo mismo de que yo sí
salgo y veo las gentes pasar y las nubes pasar y los naves
pasar, yo sí veo bien, todo iluminado por el astro rey, y mi salud es la de
la yegua fuerte que sube y baja por los vericuetos de la ciudad."
"Entonces, ¿por qué delira?
Le escucho pero no me habla
como debe ser, en verso,
con rima y ritmo que entablan.
Si no puede mostrar forma
de romance ni cantata,
sus opiniones e ideas
¿cómo voy yo a respetarlas?"
"¿Forma? También la tiene la ardiente luz del sol cuando se filtra por
el verdor de las hojas del bosque, y toda la escena queda ilustrada, como que de oro impregnada. Forma difícil de asir pero fácil de apreciar. ¿O no lo has visto nunca, don Marcos?"
"En mis libros veo todo.
¿Qué no pueden ilustrar
el arte de los dibujos,
la ciencia de las palabras?
Si se trata de un concepto
que merece muchas páginas,
seré el primero en leerlas.
Así, qué el mundo se me abra."
"Yo creo, señor, que eso que Ud. dice de que quiere que el mundo se le abra, es
realmente lo que Ud. añora. Pero Ud, sólo por empecinado,
digo,
por terco, porfiado, testarudo, obstinado e intransigente,
se niega a ver que el mundo se abre al umbral de su
puerta." Doña Tránsito se ajustó la blusa y la canasta que llevaba, y agregó, "Que pase un buen día, y hasta mañana."
Quedó perplejo don Marcos.
Le respondió, "Hasta mañana,"
refunfuñando entre dientes.
Se puso a pelar naranjas;
pensando en soles y mundos
dejaba caer las cáscaras.
Después volvió a sus romances
de maneras anticuadas
que escribía en puño y letra:
metáforas delicadas
de amores por doña Tránsito.
De repente entró una ráfaga
por la ventana y todo se hizo un caos
de cáscaras y metáforas y hojas sueltas que a don Marcos le costó unas horas
para arreglar, pero se fastidió y salió al muelle
para ver llegar y salir los naves y las nubes y fue entonces que
supo que
un romance es bonito pero que no siempre
lo romántico se confina en su forma.
